Familia

Familia

La familia en la que me crié

Mis padres y mis abuelos tanto paternos como maternos eran todos del mismo pueblo. De Placencia, Soraluze. 

Placencia, es un pequeño pueblo dedicado a las armas y a los tornillos. 

Se decía de mi pueblo que en los sótanos de cada casa, había una pequeña tornillería y doy fe de que así fue durante muchos años.

Mis abuelos maternos

Mi abuelo Marcial y mi abuela Ramona fueron mis referentes durante mi infancia.

Mi abuela era la que dirigía prácticamente la casa, pues ella hacía y deshacía.

Era muy manipuladora y yo me dejé arrastrar y le di todo el poder para conmigo, pensando que así me aceptaría y podría pertenecer a la familia que ella lideraba.

Mi abuelo era muy distinto, teníamos una gran complicidad. Yo me sentía muy agusto con el.

Cuando murió le puse su nombre a mi hijo que nació 9 meses después de que mi abuelo hubiera fallecido.

Mis abuelos paternos

Mi abuelo Venancio y mi abuela Esperanza. Mi relación con ellos era más esporádica.

Aunque vivíamos en el mismo pueblo, no los veía con mucha frecuencia.

Recuerdo el día en que murió mi abuelo. Era en el mes de agosto y yo estaba en Laguardia, en una colonia de verano, con un primo mío. Tendría unos 9 o 10 años. Lloré mucho cuando me lo dijeron. Yo le tenía mucho cariño, aunque no estaba mucho con él.

Mi abuela Esperanza era una mujer de mucho carácter que tuvo que criar a 8 hijos, estando su marido en la cárcel durante más de 4 años. 

Mis padres

Mi padre Julen y mi madre Arantzazu eran unas buenísimas personas que estaban muy enamoradas.

Mi padre era más de mostrar sus emociones que mi madre.

Yo disfrutaba mucho escuchando a mi padre que nos contaba muchas historias de su niñez, con sus hermanos y siempre nos hacía reír.

Mi padre también vivió con los abuelos, paternos en su caso, y recuerdo una historia real que nos contó sobre su abuela, la madre de su padre, que se llamaba Magdalena y era una mujer muy creyente, con mucho carácter y a la que creyentes y no creyentes llamaban en su lecho de muerte.

Mi madre vivió muy supeditada a mi abuela. Lo que ella decía era lo que se hacía en la casa y no había nada más que decir. 

En algún momento mis padres quisieron salir de casa de los abuelos, pero mi abuelo les pidió por favor que no le dejaran solo y como mi madre adoraba a su padre, decidieron seguir sufriendo ellos dos, antes de romper lo que ellos consideraban la unidad familiar.

Mis hermanos

Yo tengo 2 hermanos, mi hermano Alberto 4 años menor que yo y mi hermana Karmen, 12 años menor que yo y de la que he cuidado desde pequeña.

Alberto es el chico y para mi abuela materna era la réplica de su hijo, que también se llamaba Alberto y que murió a los 16 años. Mi abuela se lo permitía todo. Así como conmigo el control y la exigencia de mi abuela eran férreas, con mi hermano era otra persona.

Karmen ha sido mi niña siempre. La he protegido y la he cuidado porque así mi vida tenía sentido. 

En plena adolescencia ella daba sentido a mi vida.

El cuidarla,  el ocuparme de ella era muy importante para mí. De hecho, fue la única de los 3 hermanos que no tuvo una persona externa que la cuidara. Era yo la que hacía esa labor.

La familia que yo he creado

Mi marido Jean Marie

Yo volvía del viaje de novios en las nubes, pero no era muy consciente de lo que me esperaba.

Al casarme con Juan Mari, no fui consciente hasta el momento en el que me trasladé a su casa de que en el lote, entraba también su madre.

Una semana después de volver del viaje de novios y ya con la mudanza hecha, me reincorporé al trabajo.

¡Ahí es cuando empezó nuestra convivencia de verdad!

Mi marido no había hecho ningún cambio, la única diferencia era que tenía alguien en la cama todas las noches. 

En cambio, para mí todo era diferente, extraño… y muy frustrante. 

En ese momento, nuestra relación como pareja se limitaba a compartir la convivencia con una tercera persona.

Ya sabemos que 3 son multitud…

Yo había comentado con mi marido cuando él me insinuó lo de ir a vivir con su madre, que mi experiencia con mi abuela en casa, había sido nefasta y que no me hacía mucha ilusión volver a repetirla.

Pero, ¡fíjate como estaba yo de alelada! ¡Que cuando él me dijo que su madre era muy maja y que se arreglaba muy bien con sus sobrinas, puff!! Pues yo pensé, tampoco va a haber dos personas como mi abuela, y confié, sin más.

A mí me resultaba raro que después de finalizar el trabajo, no tuviéramos ninguna intimidad cuando llegábamos a casa, porque mi suegra siempre estaba allí.

Yo echaba en falta una intimidad con mi marido, ¡que para eso me había casado con él!

Este cambio de casa me estaba costando más de lo que yo creía. Sobre todo por el hecho de que había una mujer allí que era la que dirigía la casa y yo me sentía como una intrusa.

Y para muestra tengo una anécdota que para mí fue muy importante. 

Yo lavaba mi ropa íntima en el lavabo, como si estuviera en un hotel, hasta qué pasadas unas semanas, mi suegra me sugirió que podía utilizar la lavadora para lavar mis prendas íntimas. 

Era muy significativo que el resto de la ropa, si, la echase a la lavadora y que no hiciese lo mismo con mi ropa íntima. 

Yo le comenté a mi marido como me sentía, que me sentía extraña en esta nueva situación.

Su respuesta fue muy diplomática. Ahí se notaba su práctica en negociaciones.

Así que me dijo: No te preocupes, es cuestión de tiempo, ya te acostumbrarás, las dos sois muy buenas personas y muy inteligentes y ya os arreglaréis. 

Y aunque no estaba muy convencida (es más, tenía una rabia tremenda), pues lo acepté.

Ciertos conflictos que se hubieran podido solucionar en el momento, quedaban postergados, añadiéndole a eso, el carácter reservado de mi marido, quiero decir, que le costaba expresar sus sentimientos, eso hacía que algunos momentos fuesen realmente tensos.

Juan Mari como marido no fue una persona fácil y yo me dejé arrastrar por una situación que para nada era la que yo deseaba.

Yo me casé muy enamorada, pero pronto me di cuenta de que durante la semana, cada uno de nosotros nos dedicábamos a trabajar y trabajar y poco más. 

Él estaba físicamente, pero su cabeza seguía en su trabajo, sin poder desconectar. Era mi primer año de matrimonio y yo estaba muy enamorada y era muy joven. 

Los únicos momentos en los que me sentía que éramos una pareja era cuando salíamos de viaje, porque ahí sí que estábamos solos.

Aprovechando los fines de semana, era el momento perfecto para mí, pues tenía la posibilidad de poder estar tranquilos y hablar de lo que fuera.

Sinceramente, era lo único que me consolaba y que me animaba a seguir adelante. Eso y los viajes. 

Recuerdo el primer verano después de casados, cuando fuimos a la Costa Azul, ¡fue estupendo!

Hay que decir que en vacaciones, mi marido se transformaba, ¿por qué?

Porque toda la energía que dedicaba a su trabajo durante el año, en vacaciones la dedicaba a hacer unos planes estupendos y a dedicarme su tiempo y su amor.

Pero estos viajes, no duraron mucho, porque al año y medio de casarnos, nació nuestro primer hijo y aquí si cambiaron las cosas.

El niño se portaba muy bien, pero yo ya no tenía el escape de los viajes. 

Los fines de semana, a la hora de la siesta me tenía que ir de casa para que madre e hijo pudieran echar la siesta tranquilamente. 

Yo me sentía cada vez más sola. 

Mi único escape era ir el viernes a mi casa, donde estaba mi familia, a cenar con el niño y con él. Allí sí me sentía muy bien. 

Mi marido también allí estaba ausente y mis padres se preocupaban mucho porque pensaban que venía a disgusto. 

No era así, lo que le ocurría era que no podía desconectar del trabajo

Maternidad y familia

Cuando desde la 1ª vez que fui al ginecólogo y me dijo que tenía una vida dentro de mí, sentí esa sensación de felicidad, de plenitud, no necesitaba nada más.

El primer hijo fue recibido con mucha alegría. Aunque yo deseaba una niña, en cuanto lo ví, ya se me olvidó todo.

Esos primeros meses fueron muy buenos, Iosu era un niño muy bueno, un santito y los primeros 4 meses fueron muy buenos.  Pero al quinto mes, pasó algo. 

Mi querido abuelo, al que yo adoraba, murió. Y justo al mismo tiempo, me di cuenta, de que volvía a estar embarazada.

Esta noticia fue como un jarro de agua fría. 

Yo no me sentía con la capacidad de sacar adelante a ese segundo hijo cuando todavía el primero estaba en pañales…

Al final lo acepté, y decidí seguir adelante con el embarazo. 

Tuve la sensación de estar tres años embarazada, vestida con la misma capa verde austríaca que tuve durante los dos embarazos. 

Con la pequeña diferencia de 14 meses, mientras el mayor apenas caminaba, ya tenía al segundo colgando de la teta, sin apenas tiempo para hacerle caso al “mayor”, con apenas un año de edad.

Recuerdo al mayor, a Iosu en una sillita incorporada al coche capota, donde le llevaba a Markel.

Una anécdota muy bonita, ahora que la recuerdo…. pero que en su momento me traía de los nervios era, cuando les llevaba en coche a los dos a casa de mis padres a Plaentxi.

Uno llorando, el otro que quería salirse de su sillita, los dos gritando y yo consolándoles con una mano y con la otra conduciendo. Menos mal que el recorrido era corto…

Cuando nació mi segundo hijo, pedí una excedencia en el trabajo de un año, y me la concedieron a regañadientes. Al final, no completé el año y volví a trabajar antes de lo previsto.

Tengo una anécdota que la recuerdo, como si fuese ayer sobre un conflicto que se podía haber resuelto en el momento, si hubiésemos vivido los dos solos. 

Yo trabajaba en Ederlan y las fiestas patronales del pueblo, Eskoriaza, eran San Pedros, finales de Junio.

Con la persona que cuidaba a los niños habíamos hablado que ella tendría vacaciones, cuando yo las tuviera, por lo tanto, las fechas de finales de Junio eran sus vacaciones también.

No recuerdo exactamente qué año era, pero lo que si recuerdo es que los niños eran pequeños y llegaron las fiestas de Bergara, a finales de Mayo.

Entonces, un día, mi suegra me comenta:

“A Aintzane (era la persona que cuidaba de mis hijos), ¿le darás fiesta en las fiestas de Bergara?”

Y yo, muy sorprendida, le contesté que no. Ya lo habíamos hablado y sus vacaciones serían a finales de Junio, coincidiendo con las mías.

Mi suegra se quedó muy sorprendida, diciéndome que, cómo le iba a hacer eso.

La cuestión era que para darle vacaciones en esas fechas a Aintzane, yo también tenía que cambiar mis vacaciones, cosa que no me apetecía nada, pues era un lío volver a cambiar las fechas. 

Esta conversación la tuvimos delante de mi marido en la sala y yo le miraba esperando a que él dijera algo, que se pusiera de mi parte. Se lo pregunté una y otra vez y él no se dio por aludido.

Fíjate que estábamos teniendo una conversación sobre sus hijos delante de él, pero él no se posicionaba por no llevarle la contraria a su madre (me imagino).

Esto para mí fue muy fuerte, me sentí desamparada y cedí ante mi suegra, teniendo que cambiar mis vacaciones por dárselas a la cuidadora cuando mi suegra lo quiso…

Me sentí como cuando cedía ante mi abuela. Volví a caer en el victimismo, y en dejarme arrastrar por la situación.

Ya a solas con mi marido, le dije que no esperaba eso de él, el hecho de que no me hubiera apoyado me había desilusionado muchísimo.

Él me dijo que era una exagerada y que no era para tanto. Vamos, pasando del tema totalmente.

Así terminó esta anécdota que volvió a despertar en mí los demonios de la desvalorización y la baja autoestima.

Por otra parte, el papel de Juan Mari en la crianza fue nulo. Cuando eran pequeños no estaba mucho con ellos, decía que cuando fueran mayores ya estaría, porque cuando eran pequeños no sabía como actuar. 

Solamente, cuando estaba en el tresillo, en horizontal, dejaba que sus hijos le anduvieran por todo, como quien se sube y se baja de una montaña, se dejaba…..

Nunca se preocupó de cómo iban en la ikastola, y ellos se acostumbraron a no comentarle nada, porque tampoco les preguntaba y yo, salvo que no fuese estrictamente necesario, no contaba tampoco con él.

Me harté de hacer de mera trasmisora de información, sin que por su parte mostrara ningún interés.  

Fue mi manera de boicotear la conexión con sus hijos, mi pequeña venganza, porque yo también me sentía abandonada por él y entonces me refugiaba en mis hijos y les sobreprotegía.

Resumiendo, me sentí muy sola y sobrepasada en la crianza de mis dos primeros hijos. 

Y durante muchos años, me he sentido muy culpable por no haber podido criar a mis dos primeros hijos como a mí me hubiera gustado. 

Por eso, cuando 10 años después decidí tener a mi tercer hijo, esta vez, quise hacerlo de forma muy distinta, y disfrutando verdaderamente lo que suponía ser madre. 

IOSU 24/12/1980

El nacimiento de mi primer hijo fue maravilloso para mí. Me recuperé estupendamente y fue muy fácil criarlo, pues era un niño muy bueno que no demandaba demasiada atención. Si era un niño muy sensible y quizás para aquel momento de mi vida, no estaba yo preparada para poder atenderle como él se lo merecía.

Estuve pensando, en más de una ocasión, llevarle a algún sitio diferente, no a la ikastola tradicional, sino a alguna escuela donde su sensibilidad fuese valorada y él pudiese ser más feliz, pero como tantas y tantas cosas, se quedó en mi pensamiento y no llegó a la acción.

Cuando Iosu tenía 5-6 años, estuvo viviendo en nuestra casa un primo de su misma edad. Lo tuvimos durante varios meses, pues su madre estaba en una clínica y como nuestra casa era la casa de la abuela… le acogimos.

El primo, que se llama Ion, demandaba mucho de mí y yo dejé de atender a mis hijos para ocuparme de él. Esto, para un niño tan sensible como Iosu fue durísimo.

La andereiño me llamó para decirme que el niño estaba muy triste, me preguntó si pasaba algo y si, le dije lo que ocurría. ¿Por qué estoy tan segura de ello? Porque la andereiño volvió a llamarme pasados unos meses, justo cuando Ion se marchó a su casa, para decirme que Iosu estaba muy contento y que le había dicho que su primo ya se había ido, de su casa.

Otro dato que ocurrió también durante la estancia de Ion en nuestra casa, fue que Iosu empezó a tartamudear, después de algunas visitas a la psicóloga del colegio, llegamos a la misma conclusión, el abandono y la tristeza que esto le produjo, fueron las causas.

Le costó un poco más el dejar de tartamudear, pero lo consiguió por completo.

La siguiente etapa importante fue cuando tenía 10 años. Habíamos estado el año anterior en Paris con unos amigos y sus familias y lo habíamos pasado fenomenal. Quedamos en volver, es lo que siempre se dice cuando lo pasas muy bien. Pero Iosu se lo creyó a pies juntillas.

Cuando yo le dije que no íbamos a ir a París ese año, se quedó muy sorprendido y no le gustó para nada la respuesta que le di:

Para esa fecha va a nacer tu hermano.

“¡¿OTRO?!”, fue su respuesta. Estaba alucinado, cabreado, desilusionado…

¿Por qué? Principalmente, porque se había hecho ilusiones de volver y en 2º lugar y no menos importante, la relación con su hermano no era maravillosa. 

Físicamente, aunque se llevaban 14 meses, Markel era más fuerte y aprovechaba cualquier ocasión para cascarle. 

Iosu venía diciéndome que su hermano le pegaba, pero yo le decía: 

“Pero ¿cómo te va a pegar, si es más pequeño que tú?”

 Y ahí se quedaba la cosa.

Con lo cual, la sola idea de tener otro competidor, le parecía horrorosa.

Yo creo que fue una de las razones por las que se aceleró su adolescencia.

El cambio de colegio también fue un golpe para él. 

Ninguno de sus amigos de la ikastola de Bergara fueron a ese colegio y supongo, porque él no decía nada, que lo pasaría bastante mal.

Yo solo me enteraba cuando me llamaban del colegio porque le habían pillado fumando o porque las notas tampoco eran buenas. Desde el colegio me dijeron que necesitaba ayuda y me propusieron a un psicólogo que al final se quedó en agua de borrajas, aunque en un principio parecía que podía ser la solución.

Como él no estaba a gusto, decidimos cambiar de colegio, siguiendo en Mondragón, y esta vez fue al Colegio San Viator, elegido por él.

En este nuevo colegio, tuvo una relación muy buena con un profesor y él se sintió valorado, escuchado y realmente a gusto.

Fueron los años mejores para él, en cuanto a educación.

Y así llegó la hora de elegir, qué rumbo quería dar a su formación. 

Le gustaba el mundo del cine y aunque nosotros no lo veíamos nada claro, él insistió mucho y al final fue a Madrid a estudiar cámara y fotografía de cine.

El 1º año estuvo en un colegio interno, pero antes de finalizar ya quería ir a piso y nuevamente cedimos a su interés, fue con dos mejicanos a vivir y pronto se dio cuenta de que era él el que tenía que ocuparse de casi todo, pues los mejicanos eran niños de papá que se desentendían de todo.

Yo creo que para él fue un choque enorme el verse solo en una ciudad como Madrid, pero nunca se quejó de nada y como yo por aquí estaba muy ocupada, pues no me enteraba mucho de lo que le ocurría realmente.

Cuando volvió de Madrid empezó a trabajar con un chico que trabajaba
el mundo del espectáculo, en cuanto a iluminación,
y le gustó mucho la idea de trabajar con él.

Estamos hablando del año 2006. 

Él trabajaba a gusto, aunque los horarios no eran los mejores. Y decidió, con ayuda, claro, comprarle a su jefe, la parte correspondiente a iluminación.

Pero con tan mala fortuna que el 2008, el negocio del entretenimiento, cayó en picado.

Ya no le demandaban lo suficiente como para poder vivir de ello.

Así pasaron unos años, renqueando, cogiendo lo que había en cada momento…

Hasta que decidió crear una empresa con un electricista muy experimentado, que conocía muy bien su oficio. 

Al principio, como todo comienzo, fue duro hasta tener suficiente clientela.

El año 2016, ¡¡por fin salió de casa!!

 

Y lo hizo gracias a una novia rusa que fue a vivir con él, se llamaba Nasia. 

Ella intentó por todos los medios trabajar aquí, pero le fue del todo imposible encontrar trabajo, aunque hablaba bien el castellano.

Estuvo con Iosu alrededor de 2 años, hasta que fue Iosu el que le dijo que no quería seguir la relación y ella decidió volver a su país. 

En la actualidad, en relación con lo laboral, ya lleva unos cuantos años trabajando con el socio y ha podido ver que el negocio no funciona como debería. 

Principalmente por la actitud de su socio, que está siempre con algún tipo de achaque.

Lo cual supone para Iosu que se tiene que ocupar el de todo.

Está en el punto de que tiene que tomar una decisión,
y confío en que lo hará lo mejor posible.

MARKEL 14/02/1982

Cuando nació mi segundo hijo, Markel, lo primero que hice fué pedir ½ jornada durante un año, lo que me obligó a cambiar de puesto de trabajo, dentro de la misma empresa.

Este cambio de trabajo que, en un principio, no me gustó nada; fué realmente maravilloso, pues en este segundo trabajo encontré a la gente que me ayudó y mucho en este proceso de búsqueda que yo ya había comenzado.

Markel fue un niño que se hacía oír, era muy de pataletas,
pero esto fue in crescendo, y cuando ya empezó a andar,
hubo una transformación, espabiló realmente.

Digamos que entró en acción.
Era gracioso y caía muy bien a la gente.

La chica que les cuidaba a los dos, le tenía un cariño especial que se notaba bastante.

Por ejemplo, recuerdo una anécdota de la boda de Aintzane. 

Cuando se casó Aintzane, que es el nombre de la chica que les cuidó, él tendría unos 4 años, fuimos todos a la boda y Iosu y Markel llevaron las arras. 

Cuando llegaron al altar, Markel le montó un pollo al novio, dándole patadas y tirándole del pantalón, mientras con mucha rabia y llorando, le decía. “Aintzane es mía” y lo repetía una y otra vez.

Markel era muy decidido y se apuntaba en verano a campamentos y no hacía falta decirle nada. Mientras Iosu no quería apuntarse a nada.

Mientras Iosu estaba en plena adolescencia, Markel todavía estaba lejos de esa situación y lo que hacía era tranquilizarme y decirme: “Ya se le pasará, no te preocupes ama”

La relación entre los hermanos era muy difícil porque eran muy distintos.  

Con 10-11 años, la profesora de música me llamó un día para decirme que merecía la pena que tocase algún instrumento, porque tenía muy buen oído.

Markel quería aprender violín o piano, pero yo, le sugerí, porque a mí me hacía ilusión, que tocara algún instrumento para la banda. Y él ante mi insistencia, empezó a tocar el bombardino, que es un instrumento de aire.

Yo creo que como él no estaba tan convencido, su cuerpo respondió por él. Se le hincharon los labios de tal forma, que no pudo seguir tocando y hasta ahí llegó su aventura musical.

Hay que decir que al día de hoy, toca la guitarra, el piano, etc. y canta en varios coros. 

Con 11 años, le pilló un coche, bueno, le rozó y le echó al suelo. Markel me lo ha recordado alguna vez, diciéndome que entonces ocurrió algo dentro de él que le cambió por completo. 

Yo no fui consciente de este cambio, pues en aquel momento nacía mi 3º hijo y no pude ver estos cambios. 

Siempre fue muy buen estudiante y sacaba buenas notas,
hasta que cuando tenía 14-15 años suspendió por 1ª vez y
nos sorprendió a todos.

Su padre, que hasta entonces no había dicho ni mu, le echó la bronca por el suspenso.

La respuesta que le dio a su padre y que le dejó a este a cuadros, fue:

“Tú que me tienes que decir a mí. Si hasta ahora no me has hecho ni caso, no tienes ningún derecho a decirme nada por el suspenso”. 

Juan Mari se quedó tan pasado que no supo qué contestarle. No hubo respuesta. 

Como ni yo, ni Iosu habíamos tenido ese valor para encararnos a Juan Mari, todo se quedó en esa sorpresa y no volvimos a hablar del asunto.

Todo cambió para Markel cuando, con 16 años, tuvimos toda la familia un accidente de coche grave.

Ese mismo año, Markel me había comentado que se sentía que iba sin frenos y a lo loco en su vida. 

El accidente fue muy grave para el, estuvo en la UCI de Lisboa y luego en la UCI de Donosti durante tres semanas. 

No sabían la gravedad de lo que le pasaba, pues estuve a unos milímetros de quedarse paralítico. 

Esto cambió su vida y tuvo muy claro que las que le habían cuidado eran las enfermeras y él quería ser enfermero. Yo traté de decirle que, no le veía como enfermero, pero si quería hacer medicina?. 

Su respuesta fue, los médicos, solo figuran, pero realmente los que están con el enfermo y le ayudan son los/as enfermeros/as.

Y así comenzó con los estudios de enfermería.

El primer año pasó sin que él diese muestras de nada extraño. Pero el segundo año, su cuerpo empezó a hablar. Las manos se le hincharon, no podía utilizar los guantes que le obligaban a ponerse y después de largas conversaciones, digamos mejor, de monólogos, porque era yo la que hablaba realmente. Dejó sus estudios.

Volvió a casa y estuvo un año entero sin hacer nada y sin ninguna propuesta por su parte. Hasta que entre todas las propuestas que yo le hacía, se decidió por hacer “Magisterio musical” y se fue a vivir a Bilbao, durante los 3 años que duró la carrera.

Una vez finalizados sus estudios, no tenía claro lo de apuntarse en las listas e iba de nuevo dando largas. Mientras tanto, estuvo en Inglaterra para sacarse el título y poder también dar clases de Inglés, pero tampoco esto le terminaba de animar para salir a buscarse la vida.

Llegados a este punto, su padre me dijo, yo tiro la toalla, ya no puedo más.

Entonces yo, que ya lo venía preparando hace tiempo, le propuse a Juan Mari hacer una terapia de familia y el dijo que no. Y quedamos en que les haríamos la propuesta de ir a un psicólogo ellos. 

Aceptaron la propuesta y fuimos los 4 pero realmente eran ellos dos los que asistieron a las Sesiones. 

A Markel no le gustó el psicólogo desde el principio y llegó un momento en el que nos dijo que si queríamos ir, que fuéramos nosotros, porque a él no le hacía falta.

El psicólogo nos propuso que saliese de casa y a mí se me ocurrió visitar una Escuela Waldorf que había cerca de Vitoria, gracias a que conocía a un padre que tenía allí a sus 2 hijos. 

Estuvimos Juan Mari, Markel y yo.

A Markel le gustó mucho lo que el Director nos contó. Tanto que le preguntó cosas muy concretas y se le vio muy interesado.

Ni en España, ni en Europa había clases de preparación para poder ejercer en Escuelas Waldorf durante la semana, todas eran de fin de semana para profesores que estaban ya en activo.

Vimos la posibilidad de ir a EE.UU. y que cursara allí estos estudios. El lo aceptó y así pasó 2 años en Sacramento.

Aprovechando la estancia de  Markel en EE.UU. tuvimos una buena excusa para hacer un viaje maravilloso a la costa oeste de EE.UU.

Markel hizo con nosotros 15 días porque se tenía que incorporar a las clases a mitad del  mes de Agosto y nosotros estuvimos todo el mes. 

Vino sin ninguna titulación porque no se presentó a los exámenes finales. Dijo no estar preparado para dar clases, porque no pudo reaccionar, ante una caída que le pasó a una niña de la que el era responsable. 

Esto le hizo ver que no podía dedicarse a ello.

Volvió a Bergara y se apuntó para realizar un módulo de Asistente Social. 

También en las prácticas tuvo algún problema con un alumno al que no podía controlar, pero esta vez y ayudado por nosotros, habló con el Director del Colegio y este le tranquilizó, diciéndole que era un alumno muy problemático. 

Para poder ejercer, trabajar teniendo este módulo, tenía que hacer un curso en Lanbide y esta vez lo hizo en Donosti. Las prácticas de nuevo, mucha presión, hasta que llegó casi a enfermar. Le animamos a que lo dejase. 

Aintzane, que es la pareja de Julen, le dijo que si quería había una convocatoria donde ella trabajaba, en una Residencia de Donosti y si quería probar. 

Le pareció bien y se presentó. 

Le dieron el puesto y hoy en día sigue trabajando en esta Residencia.

JULEN 8/05/1992

En 1992 nace mi tercer hijo, Julen. Recuerdo que cuando le dije a mi suegra, con la que convivía, que estaba embarazada, me dijo, bueno… ya le criaremos a este también. Y mi respuesta fué. No…. a este lo voy a criar yo. 

Era lo que yo sentía y quería y así pedí un año de excedencia y como yo ya tenía 37 años y había hecho un recorrido de desarrollo para mí ya muy interesante, todo fue más sencillo en su crianza.

Disfruté muchísimo de él. Fue un gran regalo para mí y todo resultó más fácil.

Los otros dos hijos tenían entonces 11 y 10 años y cuando estaba criando al tercero, el mayor tuvo una adolescencia prematura muy problemática que no supe entenderla, y nuevamente echaba balones fuera, porque no podía hacerme cargo de todo. 

Su padre estaba ausente totalmente y yo no tenía las herramientas adecuadas para lidiar con un adolescente problemático.

De nuevo la sensación de soledad y frustración se apoderaron de mí. Mi papel de víctima, heredado por parte materna, afloraba en su máximo esplendor.

Cuando nació mi hijo Julen, mi madre que entonces tenía 59 años, empezó a tener síntomas de ansiedad muy graves que terminaron en un diagnóstico de Alzheimer. 

Esto fue muy fuerte para mí. 

Los fines de semana en esa época se me hacían muy duros, cuidando a Julen y a mi madre al mismo tiempo. Todo esto terminó ocasionándome un diagnóstico de hipotiroidismo.

Además, el nacimiento de mi 3º hijo supuso un cambio de trabajo y me fui a otra empresa

Como todo cambio, me costó al principio, pero luego me sentí muy bien.

Además, seguía manteniendo relación con una compañera de mi antigua empresa, con la que he realizado mi recorrido de desarrollo personal. Se llama Carmen y es mi querida “AMIGA DEL ALMA”.

Julen era un niño muy cariñoso, pero cuando tenía 5-6 años tuvo síntomas de asperger en algunos aspectos. Muy ensimismado. Era capaz de estar jugando con un camión solo, sin acercarse a ningún niño.

En aquel momento, yo estaba mucho más atenta en su educación y le llevé donde una persona alternativa que le hizo unos ejercicios de empoderamiento que fueron vitales.

Cuando íbamos a su consulta, salía con una fuerza, con un empoderamiento, que parecía otro y Julen se daba cuenta y se sentía muy feliz.

Con 7-8 años recuerdo la anécdota de que escribía poemas en castellano, le encantaba. También les escribía poesías a sus amigos para sus novias. Era muy gracioso. 

Mi hermana le cuidó desde pequeño y tenían muy buena conexión entre ellos.

Ella le transmitió el sentido del humor muy de mi familia y Julen aportaba ese punto de humor en casa.

Desde muy jovencito, junto con otros compañeros de clase, se relacionaban con un cura, que era la bomba para él, le dejaba conducir, con 14-15 años, por caminos vecinales en Bergara, cosa que nosotros no se lo dejábamos. Iban al cine, les invitaba a pizzas… 

Era un “dios” para él. 

Los fines de semana se juntaban en un barrio de Bergara donde la Iglesia tenía un local y allí se juntaban jóvenes de diversos pueblos cercanos y hablaban de temas que les interesaban y se preparaban para ayudar a chavales más jóvenes en colonias.

Allí conoció a la que ahora es su pareja desde hace más de 10 años. 

Cuando decidió hacer Ingeniería, yo le animé a que fuese a la Universidad de Mondragón y su contestación fue. No ama. La matrícula es muy cara. Yo voy a ir a la Universidad Laboral, que tiene un precio más asequible.

En la Universidad laboral de Eibar realmente fue muy feliz, hizo muchas amistades que todavía perduran al día de hoy.

Tras finalizar, le animamos a que hiciese un Master y así fue a Bilbao. 

Aquí los dos años que estuvo se le hicieron muy duros. Vivió en Bilbao, pero no tuvo tiempo de disfrutar como estudiante, pues el nivel de exigencia era muy alto, pues el Master estaba preparado para las Ingenierías de 5 años y el había hecho solo 3. Como todos sus compañeros. 

Estuvo a punto de tirar la toalla, en más de una ocasión.  Pero, siguió y siguió y lo consiguió.

Hizo las prácticas en un Centro de Investigación y nada más terminarlas, encontró trabajo en una empresa, donde estuve alrededor de 3 años.

Al mismo tiempo de encontrar trabajo decidió independizarse
para vivir con su pareja.

Algo muy inusual en nuestra familia, porque ninguno de sus hermanos lo había hecho, hasta entonces. 

Ahora está trabajando desde hace 2 años en una Cooperativa de Mondragón.